¡Alábenlo en la tierra como en el cielo! El Dios de los tres goles y el motor de una selección imparable.

¡Alábenlo en la tierra como en el cielo! El Dios de los tres goles y el motor de una selección imparable.
Fotografía gentileza

Hay estadios que presumen de ruidos terrenales, de decibeles que aturden y de marcas registradas en el libro Guinness de los récords. El Arrowhead Stadium de esta ciudad se inflaba el pecho con sus 142 decibeles, gritándole al mundo que no existía rincón más intimidante sobre la faz de la tierra. Pero claro, los norteamericanos no sabían, no tenían la más puta idea de lo que pasa cuando el fútbol se transforma en religión, la tribuna en procesión y un tipo con la 10 en la espalda decide hamacar el cuerpo para burlarse, una vez más, del almanaque.

Ayer no hubo récord de la NFL que valiera. Ayer, 30.000 almas colgaron los trapos celestes y blancos, se adueñaron de Misuri y fundaron una sucursal del milagro. La Selección Argentina pisó el césped como lo que es: el campeón del mundo que defiende su corona con los dientes apretados. Y con un frotar de lámpara que ya lleva veinte años de vigencia, barrió a una Argelia que plantó cara, pero que terminó de rodillas ante la fiera. Fue 3 a 0. Fue un monólogo de autoridad. Fue, por sobre todas las cosas, la noche en que Lionel Andrés Messi se hamacó en el jardín de su sexto Mundial para alcanzar la eternidad de Miroslav Klose.

UN ARRANQUE CON DIENTES APRETADOS Y EL GRITO EN LA GARGANTA

El partido nació eléctrico, como nacen las noches que queman. No se habían acomodado los esquemas —ese 4-3-1-2 elástico que dibuja Scaloni en la pizarra— cuando el grito sagrado se ahogó dos veces en la garganta por culpa del milimétrico offside que cobró Marciniak. Primero Leo, tras pase de Lautaro; después Chaibi para los africanos. El aire se cortaba con un cuchillo. La fractura en el dedo de la mano no le impedía al Dibu Martínez colgarse del trapo, y el pibe Facundo Medina, el único debutante absoluto que debutaba con la responsabilidad de ser el tres de la Selección en un Mundial, metía la vida en cada cruce por la izquierda, demostrando que la camiseta argentina no pesa, se defiende.

Pero a los 16 minutos, el fútbol se hizo arte. Rodrigo De Paul, el motor que corre por él y por todos nosotros, frotó los ojos y metió un pase entre líneas de esos que solo ven los que tienen el mapa del potrero en la cabeza. La pelota le quedó al tipo. Leo la condujo, pisó el área, miró de reojo a Luca Zidane y sacó un latigazo con la mística intacta que se clavó en el ángulo. ¡GOLAZO! 1 a 0. El capitán corrió, metió un festejo con el alma rota y los ojos vidriosos, soltando fantasmas que solo él sabe cuánto pesaron en los días previos.

“Fue una cuestión ajena a lo deportivo que me tuvo complicado estos días”, iba a confesar después el 10 con una honestidad que desarma. Porque el Dios del fútbol también sangra, también sufre. Pero cuando se pone la camiseta de la Selección, se cura.

LA NOCHE DEL REBOTE HISTÓRICO Y EL ZURDAZO DE LA LEYENDA

Argelia insinuó, quiso raspar con la velocidad de sus bandas y obligó al Dibu a estirarse antes del descanso, pero esta Selección sabe sufrir. Tiene el cuero duro. En el complemento, cuando los africanos adelantaron las líneas buscando el empate, la Scaloneta olió la sangre. Lautaro Martínez se fajó con los centrales y rozó su grito sagrado, pero Zidane padre se habrá agarrado la cabeza en el palco al ver cómo su hijo Luca le ahogaba el festejo al Toro.

Daba igual. La noche ya tenía dueño. A los 60 minutos, Alexis Mac Allister sacudió la modorra con un fierrazo desde afuera del área. El arquero argelino dio un rebote corto, de esos que huelen a peligro, y por ahí, donde huelen los goleadores de raza, apareció el tipo que juega su sexta Copa del Mundo. Messi metió la caña, la empujó con la derecha y puso el 2-0. Estalló el Arrowhead. Volaron los vasos de cerveza, crujieron los tablones de cemento y Scaloni, con la tranquilidad del que sabe lo que hace, empezó a mover el banco: adentro Julián, Nico González, Molina, Otamendi y el pibe Nico Paz para sumar juventud a la fiesta.

Faltaba la obra cumbre. El moño para una noche de colección. A los 31 del segundo tiempo, Nico González comandó una contra letal, levantó la cabeza y habilitó al Rey. Messi la recibió donde más le gusta: encaró de derecha hacia el centro, hamacó el cuerpo dejando a los defensores argelinos buscando el documento, y sacó un zurdazo cruzado, rasante, quirúrgico, que se metió contra el palo. ¡3 a 0 y hat-trick histórico! La ovación que bajó de los cuatro costados cuando Scaloni lo sacó para que entrara Nico Paz no se puede explicar con palabras. Fue un estruendo que rompió los micrófonos. Un mimo de 30.000 locos que cruzaron el continente para decirle gracias.

Fotografía gentileza

LA CHAPA, LOS NÚMEROS DEL JUGADOR MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA DEL FUTBOL MUNDIAL

Lo de Messi ayer ya no es de este planeta. Cumple 39 años en unos días, pero juega con la frescura de aquel pibe que debutó en Alemania 2006. Con los tres gritos de ayer, alcanzó las 16 conquistas en Copas del Mundo, igualando la línea del tanque alemán Miroslav Klose como el máximo artillero de la historia de los Mundiales. Llegó a 200 partidos con la Selección y a 912 goles en su carrera. Una locura total.

Sin embargo, cuando le pusieron el micrófono en la zona mixta, el tipo miró al piso, gambeteó la soberbia y tiró una frase que define su madurez:

"Todo lo que estoy viviendo ahora es de chapa. Conseguí todos los sueños y más, a nivel individual y colectivo. Todo lo que viví es mucho más de lo que podría haber pensado cuando era chico... Lo de Klose es un honor estar ahí, pero no significa nada. Al final es una estadística y nada más. Es un orgullo poder competir con todos ellos. Ronaldo, por lo que yo viví, es de los más grandes y no está primero".

Además, el 10 dejó una perlita sobre cómo pasa las horas en la concentración: “Estoy viendo una serie sobre Rafael Nadal y me siento identificado con el español. Siempre quiero dar el máximo y estar bien”. Dos animales competitivos que se niegan a morir.

El mundo entero se la tuvo que masticar. L'Équipe gritó un "¡Viva Leo Messi!" en su portada, reconociendo que aunque camine la cancha, cuando arranca te liquida; y en España los diarios se rindieron ante el monstruo que sigue anestesiando a los que todavía osan mirar su documento de identidad en lugar de mirar su fútbol.

EL CAMINO SIGUE EN DALLAS

Argentina pisó fuerte en el Grupo J. Demostró que el traspié del debut en Qatar quedó archivado en los libros de las malas noches y que las rachas —esa de no ganar el primer partido siendo campeones vigentes— están, como dijo Scaloni, para romperse. "Es un animal. Nosotros le decimos los récords pero no tiene ni idea, igual los termina logrando todos", tiró De Paul entre risas, resumiendo el sentir de un grupo que daría la vida por ver al capitán levantar la copa una vez más.

El primer paso ya está dado. La ilusión viaja ahora a Dallas, donde el 22 de junio nos espera Austria. Pero que quede claro: mientras el tipo de la camiseta 10 siga teniendo ganas de frotar la lámpara, de Identification Card o DNI no se habla. A los 38 años, Lionel Andrés Messi sigue siendo el dueño de la pelota, el patrón del tiempo y el tipo que nos hace creer que la eternidad, al menos por noventa minutos, es posible. ¡Salud, Capitán!