La muerte de Pocho Sosa deja un vacío que excede la música cuyana. Con él se va una de las voces más representativas de Mendoza, pero también una parte de la memoria colectiva de una provincia que aprendió a reconocerse en sus canciones.
Falleció Carlos Sosa, cantante mendocino, y me encuentro una vez más frente al momento de lidiar con la ausencia.
El Pocho era familia, y se lleva con él la infancia de peñas con mis padres, el Teatro Independencia a pleno con un show de esencia cuyana, mis padres bailando zambas, Armando Tejada Gómez en la voz suya, Jorge Sosa y sus letras, el cancionero cuyano latiendo por las calles de mi ciudad.
Se lleva también un otoño.
Porque para muchos mendocinos, algunas canciones terminaron siendo una forma de nombrar el paisaje. Y en esa geografía sentimental, la voz de Pocho ocupaba un lugar propio. No sólo interpretó obras fundamentales del repertorio cuyano: ayudó a que permanecieran vivas, atravesando generaciones y convirtiéndose en parte de nuestra identidad cultural.
Fue uno de los intérpretes que mantuvo encendida la llama del Nuevo Cancionero. Aquel movimiento impulsado por figuras como Tejada Gómez, Oscar Matus y Mercedes Sosa, entre otros, encontró en voces como la suya la continuidad necesaria para dejar de ser una expresión artística de una época y convertirse en patrimonio vivo.
Por eso la noticia de su muerte no se siente únicamente en el ámbito de la cultura. Se siente en los teatros, en las peñas, en las guitarreadas familiares, en las vendimias de barrio y en la memoria de quienes crecieron escuchándolo.
Hasta hace poco seguían llegándome mensajes de WhatsApp de Pocho. Y quizás por eso cuesta escribir en pasado.
Porque detrás del artista reconocido estaba también el hombre cercano. El amigo, el compañero, el familiar. Una presencia que parecía formar parte del paisaje cotidiano de Mendoza.

Mientras busco fotografías en mis archivos encuentro una imagen de 2014 que es la portada: Pocho sobre el escenario, guitarra en mano, concentrado en la canción.
Y descubro que no estoy buscando solamente fotos de un cantor. Estoy recorriendo una parte de mi propia historia.
Aquel espectáculo en el Teatro Independencia fue también una de las primeras experiencias como fotógrafa de espectáculos. Por eso algunas canciones no guardan solamente una melodía. Guardan una época completa de nuestras vidas.
Y quizás allí resida la verdadera dimensión de esta pérdida.
No solamente en la ausencia de un artista, sino en la sensación de que una parte de la historia de Mendoza acaba de cambiar de lugar.
Pocho murió cuando el otoño llegaba a su fin.
Como la última hoja que resiste aferrada a la rama antes de caer.
Pero las hojas no desaparecen.
Se vuelven tierra.
Se vuelven humus.
Regresan convertidas en savia.
Tal vez por eso las voces verdaderamente populares no terminan de irse nunca. Permanecen en las canciones, en las reuniones familiares, en los escenarios que ayudaron a construir y en la memoria de quienes las hicieron propias.
Es duelo en Mendoza.
Un otoño menos otoño porque ya no lo canta su voz.
Y acaso también porque Pocho Sosa se ha vuelto, definitivamente, una zamba para no morir.