Hay noticias que uno sabe que alguna vez van a llegar, pero que cuando golpean en el pecho, te dejan sin aire. Se nos fue Carlos Alberto "El Indio" Solari. El hombre de las mil noches de estadios repletos, el poeta hermético que metió palabras cultas en las gargantas de los pibes de los barrios, la voz que musicalizó la resistencia, la alegría y el dolor de varias generaciones argentinas. El corazón de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dejó de latir, y de golpe, el rock nacional se quedó en un silencio sepulcral, masticando una lágrima colectiva que viaja de norte a sur.
De las diagonales de La Plata al pogo más grande del mundo
La historia del Indio es la de un tipo que nunca quiso ser una estrella común y corriente. Nacido en Paraná pero criado en las diagonales de La Plata, Solari arrastró desde joven una sensibilidad artística que iba más allá de la música: el cine, la literatura, el dibujo. Cuando a mediados de los 70 se cruzó con Skay Beilinson y la "Negra" Poli, no armaron una banda de rock; fundaron una religión pagana y autogestiva.
Los Redondos nacieron en los sótanos de la dictadura, tirando buñuelos de ricota al público y armando performances delirantes. Pero con los años, esa locura creció a niveles inexplicables. Discos como Gulp!, Oktubre o Un baión para el ojo idiota se convirtieron en las sagradas escrituras del rock local. El Indio se transformó en ese chamán de anteojos oscuros y pelada reluciente que, desde arriba del escenario, manejaba las almas de cientos de miles. El pogo de "Ji ji ji" dejó de ser un baile para pasar a ser un fenómeno sísmico, el pogo más grande del mundo.
Cuando la banda se rompió en 2001, dejando una herida que nunca cerró del todo en las huestes ricoteras, el Indio demostró que su espalda era lo suficientemente ancha como para cargar con el mito él solo. Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado reinventó las "misas", llevando multitudes inéditas a puntos clave del mapa argentino.

El idilio con Mendoza: Barro, frío y la cordillera como testigo
Dentro de la geografía ricotera, la tierra del buen vino tiene un capítulo dorado, escrito con fuego, barro y épica pura. Mendoza no fue una parada más; fue el escenario de dos de las demostraciones de fidelidad más impactantes que recuerde la historia de la música en este continente.
La primera cita en el Autódromo Ángel Penna de San Martín, allá por septiembre de 2013, rompió todos los moldes conocidos. Más de 120 mil almas colmaron el Este mendocino en una noche helada que pareció diseñada por el mismísimo destino: una tormenta de viento, lluvia y granizo desató un temporal feroz justo cuando sonaban los primeros acordes. Lejos de apagar el fuego, el clima encendió una mística inquebrantable. Con el piso convertido en un lodazal y el frío calando los huesos, la gente saltó y cantó con más rabia, regalándole al Indio una de las postales más hermosas de su carrera solista.
Pero el idilio no terminó ahí. En diciembre de 2014, el Indio y Los Fundamentalistas decidieron volver al mismo autódromo para cerrar el año. El resultado fue otra marea humana que superó las 100 mil personas, esta vez bajo el calor del verano cuyano. Mendoza se transformó por esos fines de semana en la capital del país: terminales colapsadas, miles de carpas en el parque Agnesi, asados en las veredas y banderas de cada rincón de la Argentina colgadas de los árboles. La provincia abrazó ese caos hermoso con el respeto que se le tiene a un ritual sagrado.
La batalla contra "Mister Parkinson": Dignidad, poesía y trinchera
En los últimos años, la figura del Indio cobró una dimensión todavía más heróica y conmovedora. En 2016, arriba del escenario de Tandil, le puso nombre al enemigo silencioso que lo venía persiguiendo: "Mister Parkinson me está pisando los talones, pero acá estoy".
A partir de ahí, su vida se transformó en una resistencia cuerpo a cuerpo contra una enfermedad degenerativa implacable. El Parkinson le fue quitando la posibilidad de subirse a los escenarios, su hábitat natural, pero jamás pudo tocarle la lucidez ni la creatividad. Refugiado en su estudio de Parque Leloir, el Indio dio una lección de dignidad gigante. Cuando el cuerpo no le daba para aguantar un show de tres horas, usó las herramientas de la tecnología para seguir presente, apareciendo en forma de holograma o prestando su voz eterna para que Los Fundamentalistas de la mano de sus músicos siguieran rodando.
Escribió libros, pintó, editó discos (bajo el proyecto de El Míster y los Marsupiales Extintos) y se comunicó con sus fieles a través de las redes con una honestidad brutal. Nunca se puso en el lugar de víctima. Entendió que su dolor era también el de miles, y eligió combatirlo con arte. "Se me nota que estoy grande y que tengo una enfermedad, pero sigo componiendo porque es lo único que me mantiene a flote", confessed alguna vez en esas entrevistas radiales que paralizaban al país.
El dolor de ya no verte, el consuelo de escucharte siempre
Hoy las banderas en las esquinas están a media asta. Seguramente en las plazas de los barrios ya estén sonando "Juguetes perdidos", "Esa estrella era mi lujo" o "Flight 956", como un rezo para despedir al comandante de tantas batallas ganadas y perdidas.
Carlos Solari se fue físicamente, pero el Indio es inmortal. Queda su obra, esa discografía perfecta que se mete en las venas y no te deja nunca más. Queda el ejemplo del tipo que nunca transó con las corporaciones, que defendió la autogestión hasta el último suspiro y que miró a la enfermedad a los ojos sin agachar la cabeza.
Buen viaje, Indio. Gracias por los regocijos, por enseñarnos que vivir solo cuesta vida y por dejarnos el corazón mirando al cielo. El universo entero va a extrañar tu voz.