Un viernes después de una noche de insomnio tuvo una mañana con una triste noticia.
El cansancio estaba ahí. Pero también esa necesidad difícil de explicar de salir a caminar. Bajé del colectivo en Plaza Independencia y me llamó la atención la cantidad de policías frente a la Legislatura. Me pareció extraño. Seguí andando sin rumbo, como quien intenta acomodar pensamientos más que llegar a algún lugar.
Un rato después miré el celular. Mi hijo, Luca, me había enviado una foto: un homenaje al Indio Solari en la plaza.
Entonces entendí.
A veces una ciudad también se reúne para despedir.
Cuando llegué, las velas ya dibujaban una ronda sobre las baldosas. Había remeras extendidas en el suelo, banderas, celulares registrando el momento y una multitud tan diversa como reconocible. Pibes que apenas habían nacido cuando los Redondos ya eran leyenda. Otros que llevaban décadas cargando esas canciones como una forma de entender el mundo. Un club sin carnet. Una tribu sin fronteras.

Porque el Indio fue muchas cosas. Músico, poeta, mito popular. Pero también fue banda sonora de miles de historias personales.
Su música atravesó generaciones que hoy quedan desoladas. Y no sólo por la muerte de un artista.
Muchos despedían allí sus primeros agites, las amistades que comenzaron en una esquina compartiendo canciones, los viajes improvisados, las noches interminables, la sensación adolescente de que todo estaba por delante y era posible. Con él también se despide una época de furor, una forma de habitar la juventud.
Quizás por eso duele tanto.
Porque ciertas muertes nos recuerdan que el tiempo pasó.
Es el pacto silencioso de crecer: ver cómo se van nuestros héroes, cómo se apagan algunas luces que parecían eternas y cómo ciertos sueños exhalan su último suspiro para transformarse en recuerdo.
Sin embargo, mientras observaba aquella ronda de velas, pensé que hay algo que la muerte no termina de llevarse.
Las canciones seguían ahí.
En las gargantas de quienes cantaban bajito. En los ojos húmedos de quienes recordaban. En los chicos que heredaron esos discos de sus padres. En la necesidad colectiva de encontrarse una vez más alrededor de una obra que dejó de pertenecerle a su autor hace mucho tiempo para pasar a pertenecerle a la gente.
Tal vez por eso la plaza parecía menos un lugar de despedida que un lugar de encuentro.
Y mientras la noche avanzaba sobre Mendoza, el Indio volvía a hacer lo que hizo durante décadas: reunir personas que, sin conocerse, sabían exactamente por qué estaban ahí.