La geografía como epifanía: El Cuyo metafísico de Alfredo Bufano

La geografía como epifanía: El Cuyo metafísico de Alfredo Bufano

La geografía como epifanía: El Cuyo metafísico de Alfredo Bufano


​Un recorrido por la madurez del poeta que transformó el paisaje cordillerano en una experiencia mística y una reserva de identidad nacional.

​Por: Laura Lencina, Inés Loria, Mariana Plaza, Gonzalo Rodríguez , Sandra Vanescchi, Claudio Bello.

​En tiempos donde la inmediatez digital parece haber atrofiado nuestra capacidad de asombro y la naturaleza se percibe, muchas veces, como un mero decorado para la selfie de turno, la obra de Alfredo Bufano (1895-1950) emerge no solo como un refugio, sino como un acto de resistencia. Volver a sus versos es recuperar una mirada "lenta", esa observación demorada que se permite habitar el territorio antes que simplemente transitarlo.
​Si bien su origen se remonta a la provincia de Buenos Aires, fue el aire seco y la luz cenital de San Rafael lo que terminó por cincelar su voz definitiva. En su segunda etapa creativa —la más fecunda y, sin dudas, la más cuyana— Bufano deja de describir el paisaje para empezar a ser el paisaje.
​El giro hacia la tierra: de la descripción al símbolo


​La crítica académica coincide en que la madurez de Bufano se consolida cuando la geografía de Cuyo deja de ser un referente externo para transformarse en un espacio emocional. En obras fundamentales como Poemas de Cuyo, Los collados eternos y Romancero, el poeta abandona cualquier pretensión de pintoresquismo superficial.
​Desde su rincón mendocino, rodeado de la arquitectura hidráulica de las acequias y el susurro de los álamos, Bufano desarrolla un estilo que es, a la vez, humilde y monumental. Su poesía no es una "postal" estática; es una revelación mística. Para el sanrafaelino por opción, la montaña no es solo piedra, sino una interpelación constante al espíritu humano.
​La naturaleza que respira: entre el abismo y la ternura
​Uno de los puntos nodales de esta etapa es su capacidad para capturar la vitalidad orgánica del entorno. En su poema "El agua de los terneros", Bufano se aleja de la visión bucólica y amable de la cordillera para presentar una naturaleza dinámica, casi prepotente.
​El uso de metáforas como la “culebra de cerros” o la mención a la “ríspida senda espiral” y el “abismo negro” nos habla de una experiencia sensorial cruda. Aquí, la montaña no es un fondo de escritorio: es un ser vivo que respira y se mueve, una fuerza que obliga al hombre a reconocer su propia pequeñez.
​Sin embargo, esta intensidad dialéctica encuentra su equilibrio en poemas como "Ternura". Allí, la nieve no es un fenómeno meteorológico, sino un bálsamo. Cuando Bufano escribe: “Algo del corazón se torna suave / copito blanco, loco y volandero”, está operando una transustanciación: la naturaleza entra en la casa, se sienta junto al brasero y se vuelve gesto íntimo. La blancura exterior se transforma en una suavidad interior que reconcilia al sujeto con su existencia.
​Un poeta necesario para la Argentina de hoy
​Históricamente, gran parte de la literatura argentina ha sido "puerto-céntrica", mirando con obsesión hacia el asfalto y las luces de la ciudad. Bufano, en cambio, decidió girar la cabeza hacia los cerros y las acequias. Al hacerlo, no solo enriqueció el canon nacional, sino que nos otorgó una identidad.
​Su obra nos recuerda que la naturaleza no es un "recurso explotable" ni un objeto de consumo estético, sino un espacio de silencio y armonía donde todavía es posible encontrar consuelo. En el actual contexto de crisis climática y desconexión existencial, la voz de Alfredo Bufano se vuelve urgente. Su poesía es, en última instancia, una oración eterna que nos invita a volver a casa: a la tierra, al agua y a la verdad de los elementos.
​Recuadro: El legado de un "Hijo Predilecto"
​Aunque nació en Guaminí, Alfredo Bufano es considerado el poeta máximo de San Rafael. Falleció en Buenos Aires en 1950, pero sus restos descansan, por deseo propio, en la tierra mendocina que le dio su voz definitiva. Su tumba, custodiada por los mismos árboles que cantó en vida, lleva un epitafio que resume su ética estética: "He amado las cosas simples de la tierra".