El último destello del maestro de la luz: a los 97 años, murió Julio Le Parc

El último destello del maestro de la luz: a los 97 años, murió Julio Le Parc
Fotografía gentileza

El genial artista mendocino falleció en París, la ciudad que lo cobijó durante más de seis décadas. Pionero absoluto del arte óptico y cinético, se despidió con la ilusión intacta de una última gran muestra en Londres y un legado eterno: bajar el arte de los pedestales para regalárselo a la gente.

Hay hombres que pasan por el mundo para enseñarnos a mirar de otra manera. Julio Le Parc fue, sin dudas, uno de ellos. Este sábado, a los 97 años, el gran maestro del arte óptico y cinético se despidió físicamente en París, la ciudad que adoptó como trinchera creativa desde 1958. Se fue "de viejo", cansado pero dando pelea, según confió conmovido su hijo Yamil. Se fue, sobre todo, dejando un vacío enorme, pero con la luz de sus móviles flotando para siempre en la retina del arte universal.

La noticia sacude al mundo de la cultura en la antesala de lo que iba a ser otro de sus grandes hitos: una colosal muestra retrospectiva en la prestigiosa galería Tate Modern de Londres, programada para el próximo 11 de junio. Hasta hace un mes, cuando su salud empezó a debilitarse definitivamente y ya no podía comer, Julio se ilusionaba con ese nuevo encuentro con el público. Es que para él, el arte no era un objeto estático para el deleite de unos pocos eruditos; era una experiencia viva, un juego, un chispazo de energía compartida.

Julio Le Parc era reconocido como uno de los grandes maestros del arte cinético (Foto: Instagram @teatrocolon)

De la tierra colorada y el ferrocarril a las luces de París

La historia de Le Parc es la de un destino esculpido a fuerza de talento y una sensibilidad inquebrantable. Nació el 23 de septiembre de 1928 en Palmira, un rincón ferroviario de Mendoza. Hijo de un obrero del riel y de una costurera, creció en una casa humilde, sin agua corriente, donde el futuro parecía tener un techo bajo. Pero el pibe de pueblo traía la inquietud en la sangre.

Ya instalado en Buenos Aires, cursó en las escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Fiel a su espíritu rebelde y ajeno a los dogmas, de adolescente pateó el tablero de las academias por un tiempo. Hizo de todo: cumplió con el servicio militar, trabajó como portero en el mítico Teatro Colón —ese mismo coliseo que décadas más tarde lo recibiría con alfombra roja para homenajearlo— y lideró revueltas estudiantiles que buscaban democratizar la enseñanza del arte.

El quiebre definitivo llegó en 1958. Deslumbrado por una exposición del húngaro Victor Vasarely en Buenos Aires, Le Parc supo que su horizonte estaba del otro lado del océano. Consiguió una beca del gobierno francés y viajó a París. No se fue a encandilarse con las luces de la Torre Eiffel; fue a encender las propias. Allí fundó el Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) y comenzó a moldear una revolución: meter el movimiento, los espejos, la luz refractada y el laberinto óptico en las salas de exposición. Exigía que el espectador tocara, se moviera, completara la obra.

La obra "Modulation 764" de Julio Le Parc, en la muestra organizada en el CCK en 2019. (Foto: AFP/Emiliano Lasalvia).

"Optimismo siempre", la bandera del eterno rebelde

Julio Le Parc nunca olvidó de dónde venía. A pesar de haber ganado el Gran Premio de Pintura en la Bienal de Venecia de 1966 —un galardón que lo catapultó definitivamente a la aristocracia del arte— y de haber sido expulsado temporalmente de Francia tras participar activamente en las revueltas del Mayo del 68 por su militancia social, mantuvo siempre la frescura del chico de Palmira.

En 2019, la Argentina se rindió a sus pies con un homenaje monumental que abarcó el CCK, el Museo Nacional de Bellas Artes y una histórica proyección lumínica sobre el Obelisco. Quienes lo vieron caminar por Buenos Aires en esos días, ya nonagenario, recuerdan sus ojos pícaros detrás de los anteojos y esa sonrisa ancha que desafiaba al tiempo.

“Optimismo siempre”, solía repetir como un mantra. Una frase que no era un simple eslogan, sino una declaración de principios ante las adversidades de la vida y los laberintos de la vejez.

Hoy París llora su partida y Mendoza lo reclama en su memoria más profunda, allí donde los viñedos y las vías del tren vieron nacer al niño que jugaba con la luz. Julio Le Parc se fue a los 97 años, justo antes de que Londres vuelva a encender sus pantallas para él. Su cuerpo dijo basta, pero sus anteojos de sol, sus móviles infinitos y esa hermosa e impertinente manía de hacernos jugar como chicos siguen suspendidos en el aire, brillando con la fuerza de los que nunca se apagan.