Hay una mística especial cuando el rock de estadios se muda al calor de un bar. Anoche, la emblemática esquina de La Cañada no fue solo un punto de encuentro, fue un portal en el tiempo. Dave Evans, el hombre que puso la voz a los primeros rugidos de AC/DC, demostró en Mendoza que el tiempo puede pasar, pero el voltaje es una condición del alma.
La velada tuvo un condimento que la volvió inolvidable: el escenario se montó en el patio del local. Allí, bajo las estrellas mendocinas, el rock n' roll recuperó su forma más pura y salvaje. No hubo techos que contuvieran la energía; el sonido de los cimientos del hard rock subió directo al cielo, fundiéndose con el aire fresco de la noche en una comunión perfecta entre la leyenda y su entorno.
La voz del origen
Ver a Evans sobre un escenario no es simplemente ver a un "exintegrante". Es enfrentarse a uno de los pilares de un edificio que hoy es planetario. Antes de las campanas del infierno y de las autopistas al revés, estuvo él. Y esa fuerza, la de quien estuvo en el minuto cero de la creación, sigue brotando de su garganta con una vigencia que asusta.
Desde el primer acorde, Evans dejó claro que no vino a Mendoza a vivir de recuerdos, sino a honrarlos con prepotencia de trabajo. Su presencia física impone; es un roble que parece alimentarse de la distorsión. Cuando suenan los clásicos de aquella etapa iniciática —como la fundacional "Can I Sit Next To You Girl"—, se comprende que el ADN de los hermanos Young ya estaba ahí, macerado por esa rudeza británica-australiana que Dave conserva intacta.

Fuerza y Legado a cielo abierto
La nota emotiva no estuvo solo en los hits, sino en la atmósfera. En un mundo de shows pregrabados, lo de Evans fue un acto de resistencia. Hubo algo profundamente conmovedor en ver a una leyenda que compartió ensayos y furgonetas con Malcolm y Angus Young, cantando bajo la inmensidad de la noche mendocina, rodeado de un público que podía sentir su aliento y el calor de las válvulas de los equipos.
Su voz no ha perdido el filo. Es un registro que raspa, que empuja, que tiene el peso de cinco décadas de ruta. Evans canta con la autoridad del que sabe que ayudó a inventar un lenguaje. Anoche, en ese patio que se sintió como el patio de una casa de amigos, no fue un imitador de su propia historia; fue el protagonista reclamando su lugar en el mundo.
Un seleccionado de alto voltaje
Para esta travesía, Evans no estuvo solo. La columna vertebral del show contó con la maestría de Germán Catelli. El guitarrista, oriundo de Lomas de Zamora, no es un acompañante circunstancial, sino un trotamundos del género que ha vivido mil batallas junto a colosos como Blaze Bayley (Iron Maiden) y Doogie White (Rainbow, Yngwie Malmsteen y la voz de Rata Blanca en The Forgotten Kingdom). Esa experiencia se notó en cada riff, aportando el peso internacional que la cita exigía.

Pero el rugido no hubiera sido completo sin el talento local. Mendoza dijo presente con una base rítmica demoledora: Diego Álvarez en el bajo y Gastón González en la batería marcaron el pulso cardíaco de la noche con una precisión quirúrgica, mientras que Benjamín Galván en la segunda guitarra terminó de armar esa pared de sonido que es marca registrada del estilo Evans.

La noche cerró con el aire vibrando y los corazones a mil. Dave Evans se despidió de Mendoza dejando una certeza: el rock no es una cuestión de estadios llenos, sino de la electricidad que se genera bajo las estrellas. Anoche, en La Cañada, Mendoza fue testigo del eco persistente de un trueno que empezó hace cincuenta años y que, gracias a tipos como Evans, todavía se niega a callarse.