Hay fechas en las que el silencio se vuelve atronador. Cada 3 de junio, las plazas, las calles y las conversaciones cotidianas se llenan de un eco que nació hace ya más de una década, pero que sigue resonando con la misma urgencia del primer día. El grito de "Ni Una Menos" no pertenece a un sector, a una ideología ni a una bandera partidaria; pertenece al dolor humano, a la necesidad más primaria y universal de protección, justicia y paz. Es el reflejo de una sociedad que, más allá de cualquier diferencia, elige no mirar hacia el otro lado ante la tragedia cotidiana.
En el periodismo, a menudo atrapados en la frialdad de las estadísticas y el recuento de datos técnicos, a veces olvidadamos que detrás de cada número hay una vida interrumpida. Hay un cuarto que quedó intacto, una guitarra que dejó de sonar, apuntes universitarios que nunca se terminarán de leer y proyectos de un futuro que se desvaneció en un instante. Detrás de cada cifra hay padres que habitan un duelo eterno, hijos que crecen sin el abrazo de su madre y amigos que se reúnen a recordar entre lágrimas y sonrisas nostálgicas. Ese es el verdadero territorio del dolor, un espacio común donde las palabras sobran y la empatía es lo único que nos queda para sostenernos.
La comprensión como punto de partida
Afrontar esta realidad requiere un ejercicio profundo de comprensión. No se trata de señalar culpables en el debate público abstracto, sino de entender que la violencia en sus formas más extremas es el síntoma de grietas profundas en nuestro tejido social. Una sociedad sana se construye desde el cuidado mutuo, desde la capacidad de escuchar el sufrimiento del prójimo y de transformarlo en acción reflexiva.
El dolor por la pérdida no distingue barrios, profesiones ni edades. Cuando una vida se apaga de manera violenta, algo de nosotros —como comunidad— también se apaga. Por eso, el llamado a la reflexión no puede ser agresivo ni excluyente; debe ser una invitación abierta, un espacio de encuentro donde cada actor social pueda preguntarse qué lugar ocupa en la construcción de un entorno más seguro y respetuoso.
Un faro hacia el futuro
El verdadero valor de recordar no es instalarnos en la desesperanza, sino encender un faro. El dolor compartido tiene la extraña y poderosa capacidad de transformarse en una fuerza constructiva. Nos obliga a revisar nuestras conductas cotidianas, el lenguaje que usamos, los silencios que guardamos y el apoyo que brindamos a quienes tenemos cerca.
La memoria de las que ya no están no se honra con discursos vacíos, sino con el compromiso diario de habitar un mundo donde el miedo no sea parte de la rutina. Que este día sirva para mirarnos a los ojos, reconocer el valor sagrado de la vida y abrazar la convicción de que la empatía, el respeto y la comprensión profunda son el único camino posible para curar una herida que sigue doliendo en el corazón de todos.
"La violencia es el último recurso del incompetente, pero la indiferencia ante ella es la renuncia a nuestra propia humanidad."