¿No les resulta interesante ver cómo el consumo de videos de un minuto se ha vuelto algo fundamental en nuestro día a día? Hoy tenemos la posibilidad de llevar en el bolsillo un dispositivo que nos provee entretenimiento instantáneo con el mínimo esfuerzo, gracias a un algoritmo que nos estudia constantemente para mostrarnos solo el contenido que nos podría interesar.
Ojo, no vengo a juzgar el consumo de internet. Este ambiente ha brindado miles de posibilidades a las personas: motores de búsqueda eficientes, nuevos espacios de trabajo y un lugar donde podés ser vos mismo y compartir tu vida. También ha facilitado la creación de comunidades que encuentran un espacio de apoyo, donde se generan intercambios muy interesantes y se abre el lugar al debate, entre muchas otras cosas positivas que han ido apareciendo desde el origen de las redes sociales.
Pero también está su contraparte: la problemática de la adicción a este tipo de contenido. Para los adultos, tal vez, es un poco más complicado notar esta dependencia porque conocieron el internet de otra forma. Contenido largo como videos en YouTube, posteos en Facebook sobre cómo estuvo el día con la familia o tuits manifestando alguna molestia o preocupación social; eso era la creación de contenido una década atrás. En la actualidad, hubo un cambio rotundo.
Si nos vamos a las estadísticas, podemos observar que, según Unicef, el grupo que está más conectado a la tecnología es el de los jóvenes de 15 a 24 años. Se estima que el 71% de ellos está en línea en todo el mundo y que los niños y adolescentes representan uno de cada tres usuarios de internet. También se ha podido observar cómo disminuye cada vez más la edad en la que se obtiene el primer celular: el promedio actual es entre los 9 y 11 años (alcanzando al 83%), mientras que en el grupo de 15 a 17 años el porcentaje de quienes lo reciben por primera vez a esa edad es menor, situándose en un 21%.
Ahora bien, ¿qué hacen estos jóvenes en sus tiempos libres?

Un estudio realizado por el Ministerio Público Tutelar muestra cómo el uso de celulares ocupa el primer lugar entre las elecciones de los jóvenes. La mayoría de sus actividades pertenecen al ámbito digital, dejando en un segundo plano los encuentros cara a cara y las juntadas al aire libre. Incluso, se puede identificar que lo que hoy motiva a un joven a asistir a un evento o a un encuentro cultural es, principalmente, qué tipo de contenido puede generar allí para mostrar en sus redes.
Ya no se busca el disfrute genuino en el hecho de ir a un concierto, de ver a tu artista favorito, de pasear por una feria de artesanos o de probar comidas nuevas. Eso pasó a un segundo nivel porque antes está el pensamiento de lo bien que se va a ver en el perfil o el storytime que se va a poder grabar sobre ese acontecimiento.
Y repito: no quiero demonizar el espacio digital. En lo particular, me ha abierto muchas puertas y, siendo creadora de contenido, sería hipócrita decir que es lo peor que le ha pasado a esta generación. Sin embargo, sí me parece crucial hacer un alto ante el consumo desmedido. Cada vez vemos más casos de personas que desarrollan una dependencia tan grande que se equipara al consumo de sustancias; una adicción invisibilizada porque, a simple vista, no se ven los daños colaterales. Entre ellos, podemos enumerar las desconexiones humanas, las horas que se escurren en el scrolling infinito, las alteraciones en el sueño, la adicción a la dopamina, la atrofia de la atención sostenida y la ansiedad social.
Mi planteo acá es: ¿cómo hacemos que las redes sociales sigan siendo algo positivo para el ser humano y cómo frenamos este consumo desmedido? Tal vez tengamos que enfrentarnos a una nueva ola digital que implemente medidas para limitar nuestro consumo y garantizar que las pantallas sean un lugar más seguro para las futuras generaciones.