Como Marty MacFly, vuelvo a los 80 o 90 en un viaje imaginario y leo por ahí, algo que parece sacado de un guion de Ray Bradbury, pero con un aroma mucho menos espacial y bastante más... terrenal. El informe habla de una Argentina del mañana, de una tal Mendoza del futuro, donde los jóvenes ya no se conforman con ser rebeldes, melenudos o rockeros. Ahora, dicen, se sienten animales.
El término técnico es "therians". Proviene del griego, para darle un barniz de seriedad a lo que, en la esquina del cafe Italia en Luján de Cuyo con amigos, llamaríamos simplemente "un delirio importante". Resulta que estos muchachos, según explica un tal psicólogo Barrera (que debe tener seguramente la paciencia de un santo), se ponen máscaras de gatos, colas de lobo y salen a saltar por las plazas, filmándose con unos aparatitos que llaman "celulares" para subirlos a una red fantasma llamada "TikTok".
Uno se pregunta: ¿en qué momento el progreso se nos descarriló de esta manera?
En 1970 estabamos viendo al hombre llegar a la Luna, discutimos el trasplante de corazón y sufrimos por el precio de la carne. Pero el futuro, ese lugar al que mirábamos con respeto, nos devuelve la imagen de un pibe de 15 años que no quiere ir a la escuela porque "se siente oso".
Lo más curioso —y quizás lo más alarmante para nuestra generación— es la mansedumbre de los especialistas de este futuro. Hablan de "búsqueda de identidad" y "manifestaciones culturales". Si yo le decía a mi viejo que no iba al colegio porque mi "teriotipo" era un pingüino, el único "movimiento lúdico" que iba a ver era un voleo de la suela de su topper derby talle 41.
El texto mencionaba al cosplay y a los gamers. Palabras de parecen un idioma de Marte y que describen a una juventud que prefiere vivir en realidades de fantasía antes que enfrentar la aspereza del asfalto. El psicólogo de ese futuro pedía "apertura". Yo, y manchando mi hoja con la birome, me pregunto si no estaremos confundiendo la apertura mental con dejar que se nos escapen los pájaros de la cabeza.
Es cierto, cada generación tiene su mambo. Nosotros tuvimos el rock y el pelo largo, y nuestros viejos nos miraban como si fuéramos bichos raros. Pero al menos éramos bichos raros humanos. Lo de los therians ya es otra cosa: es la renuncia a la especie.
Si el futuro es una juntada en una plaza para aullar bajo el sol, quizás lo de la conquista del espacio fue un malentendido. Resulta que no queríamos ir a las estrellas; solo queríamos volver a la selva, pero con una máscara de plástico y el permiso de nuestros padres.