Living Colour en Mendoza: La aplanadora neoyorquina que convirtió la ansiedad en una fiesta de funk y distorsión.

Living Colour en Mendoza: La aplanadora neoyorquina que convirtió la ansiedad en una fiesta de funk y distorsión.
Fotografía Claudio Bello - Prendete Post

La mítica banda de Corey Glover y Vernon Reid desafió la modorra del domingo con un show demoledor en 23 Ríos. Un bache técnico previo no hizo más que "cebar" a una multitud que terminó rendida ante la cátedra de groove y rock pesado.

Domingo a la noche. Mendoza. El manual de la "fiaca" dominguera te dice que te quedes en el molde pensando en el lunes laboral. Pero este último domingo, el manual voló por la ventana. Unas 1400 almas decidieron que la misa rockera era impostergable y encararon para los jardines de 23 Ríos Craftbeer. La promesa era pesada: Living Colour, esa bestia ecléctica parida en la Nueva York más salvaje de los 80, aterrizaba en la provincia para demostrar que cuatro décadas de ruta no son joda.

La noche arrancó con las bandas Lagrimas de Sal y Ultramandaco calentando las tablas, preparando el terreno. Pero el rock tiene sus caprichos, y antes del plato fuerte, la cosa se puso un poquito tensa. Hubo un quilombito técnico —esos duendes de los cables que nunca faltan en las fechas importantes— que retrasó la salida del cuarteto.

¿Garrón? ¡Para nada, hermano! Lejos de enfriar el ambiente, esa espera no hizo más que echarle nafta premium al fuego. La demora funcionó como una olla a presión; la "monada" estaba re manija, acumulando ansiedad, ganas de pogo y sed de distorsión. Se palpaba en el aire esa electricidad estática de cuando sabés que lo que se viene te va a volar la peluca. Fue la calma tensa y necesaria antes del huracán sónico.

Y cuando pasadas las 22.30 los tipos pisaron el escenario, la espera valió cada segundo. Living Colour no es solo una "banda ochentera haciendo rock", esa es la etiqueta fácil. Son una licuadora cultural prendida fuego, el sonido de una ciudad cosmopolita donde el funk, el hip hop, el jazz y el metal se cruzan en la misma esquina sin pedir permiso.

Fotografía Claudio Bello - Prendete Post

Al frente, Corey Glover. Con 61 pirulos, el tipo tiene una garganta que es patrimonio vivo del soul afroamericano; te eriza la piel y te pasa por arriba. Arrancaron surfeando estilos con el ska-rock fiestero de "Glamour Boys" y clavaron un cover rabioso y potente de "Memories Can’t Wait" de los Talking Heads.

La banda es un reloj suizo con groove del Bronx. Vernon Reid en la viola es un científico loco tirando solos ácidos y ruidosos que marcan el espíritu rockero, mientras que Doug Wimbish es un animal diferente: el tipo no toca el bajo, lo hace hablar con efectos, melodías y un virtuosismo que te parte el bocho, sosteniendo la rítmica junto a la bata de Will Calhoun.

Fotografía Claudio Bello - Prendete Post

El setlist fue un viaje sin fisuras de 19 temas, picoteando fuerte en ese discazo fundacional que es Vivid (1988). Hubo momentos para bajar un cambio con la sensualidad minimalista de "Love Rears Its Ugly Head" y la belleza soulera de "Open Letter (to a Landlord)".

Pero claro, toda esa energía contenida durante la espera técnica tenía que detonar. Y detonó sobre el final con el himno inoxidable que les dio el Grammy y la gloria eterna: "Cult of Personality". Ese riff te acomoda las ideas y te recuerda por qué el hard rock, cuando se toca con esta clase, sigue más vivo que nunca.

Fotografía Claudio Bello - Prendete Post

Living Colour es una banda de culto, posta. De esas que Mick Jagger apadrinó cuando eran pibes. Y siguen levantando la bandera de su identidad con orgullo. El broche de oro de la noche no fue un acorde, fue un gesto político y cultural: Calhoun pelando una remera de María Remedios del Valle, la "madre de la Patria" afrodescendiente, conectando su historia con la nuestra en un mensaje final contundente.

Hay que darle crédito a la productora Sayaland por la verdadera patriada de traerlos a Mendoza en una de las únicas dos fechas en el país. Una presentación reciente en un show intimo de Living Colour o bien llamados Tiny Desk Concert, nos había recordado que existían, pero verlos en vivo confirmó que la vigencia no se compra con nostalgia, se transpira en el escenario. Una noche demoledora que nos dejó manija para toda la semana.