¿No sentís últimamente que todo se parece? ¿Que las personas son una copia de la copia? ¿Que tus gustos son los mismos de todos los demás?
En mi cabeza ha estado rondando esta idea de lo único, de la individualidad. Me encuentro rodeada de las mismas prendas, de los mismos consumos culturales y de los mismos pensamientos políticos o sociales. Pero pocos se animan a salir de esa homogeneidad; no sé si será por la mirada del otro o porque ya se acostumbraron a seguir al rebaño, así que me puse en la tarea de investigar este fenómeno.
Lo primero que encontré fue la “Instagram Face” y la dismorfia digital. Este concepto se popularizó en 2019 por la ensayista Jia Tolentino en su artículo The Age of Instagram Face. Ella describe este acontecimiento como una necesidad de parecerse a las celebridades del momento o de adaptar nuestro rostro a los filtros de las redes sociales a través de métodos como el ácido hialurónico, el bótox y los foxy eyes. Sin lugar a dudas, este fenómeno engloba más que nada a las clases altas, ya que no todos tienen acceso a este tipo de modificaciones, creando una burbuja y estándares poco probables de cumplir.
Las personas que no pueden acceder a estas intervenciones lo encaran por otro lado: con el uso del maquillaje. Pero pocas se arriesgan a utilizar estéticas que se salgan de la tendencia del momento; vemos el mismo make up en colores nude, labios delineados para verse más grandes y rostros que simulan una cara lavada, pero que tienen sus trucos.
Por el lado de la industria cultural, los filósofos Adorno y Horkheimer hicieron un análisis muy adelantado para su época sobre este suceso. En la década del 40 plantearon que los productos masivos como la música pop, el cine y la moda son producidos bajo una lógica industrial idéntica, a la cual se le añade un mínimo distintivo para que el consumidor sienta que está eligiendo. Sumándole a esta idea, aplicaciones como TikTok e Instagram nos venden tendencias fugaces, generando una necesidad en el consumidor y provocando que todos compren los mismos artículos porque son “limitados” o porque en poco tiempo van a pasar de moda.
Un suceso que ha llamado la atención de los argentinos y que circula en redes sociales es la moda de las chicas para salir a bailar: la mayoría cae en el mismo estereotipo, un total black con botas altas y el pelo planchado. Por el lado de los hombres no hay mucho que decir: siempre se repiten los mismos patrones y no se toma ningún riesgo a la hora de armar un look. Pero ojo, no culpo a estas personas de que caigan en el mismo estilo de siempre; la moda en Argentina es costosa y está muy influenciada por la mirada europea. Las prendas que llegan acá son repetitivas y es complejo elegir algo diferente en un mar de percheros que parecen fotocopiados.
El algoritmo también es una trampa dentro de esta problemática. Investigaciones en musicología computacional y sociología digital demuestran que la retención la suelen tener canciones con tempos similares y estructuras pensadas para viralizarse en fragmentos de 15 segundos, evitando el skip de los oyentes. La música ya no tiene ese lado poético que te permite una interpretación libre; es explícita y masticada para que el consumidor no tenga que pensar, solo tenga que consumir, hacer un trend en TikTok, volverse relevante por un breve momento y quedar en el olvido. Hay canciones que salieron hace apenas un año y ya dejaron de estar vigentes, frente a otras que fueron escritas hace 20 o 30 años y siguen firmes en la playlist de muchos.
Entiendo que en un mundo tan globalizado es complejo romper con todo esto: tal vez una prenda única es más costosa, o si consumís música o cine diferente te encontrás en un lugar solitario en el cual te cuesta compartir esos gustos con otras personas. Pero, a su vez, está bueno corrernos un poco para el costado, hacer un autoanálisis y pensar: ¿hay algo que me guste a mí que no esté influenciado por lo que veo o escucho?