
Juan está parado donde siempre: ni muy cerca del fuego ni tan lejos como para hacerse el boludo. Desde ahí ve el humo subir derechito al cielo, señal clara de que esto no es un asadito mal apagado. Igual, alguien dice que “con un par de aviones más se arregla”. Juan asiente con la cabeza, como quien deja pasar una superstición ajena.
El monte, visto de lejos, parece sano. Verde, prolijo, hasta turístico. De cerca es otra cosa: pino apretado como ganado en camión, ramas secas hasta la cintura, yuyos viejos que crujen con solo mirarlos. Un polvorín con paisaje. Juan piensa que si el fuego tuviera sindicato, acá tendría paritaria asegurada.
El incendio no corre, sube. Y sube porque sabe. Agarra la ladera como quien toma una escalera mecánica. Prende abajo, trepa, llega a las copas y ahí ya no escucha consejos humanos. Juan ve caer agua desde el cielo y evaporarse con una dignidad sospechosa. El fuego ni se inmuta. Tiene paciencia de montaña.
Cuando aparece el viento, nadie se sorprende. El viento en la cordillera siempre llega cuando más se lo necesita… el fuego. Baja, gira, empuja. Salta una picada que costó semanas abrir. Cruza un camino que figuraba como “línea de defensa”. Juan anota mentalmente: las líneas se dibujan en mapas, no en incendios.
Más abajo, los brigadistas trabajan en silencio. No hacen discursos ni prometen nada. Dicen cosas raras: “defender estructura”, “anclar flanco”, “dejar correr”. Juan entiende que “dejar correr” no es rendirse, es no hacerse el héroe donde no hay chance.

Ve cómo mojan una casa hasta que parece pileta olímpica. Ve cómo otra queda sola, sin ceremonia. Nadie la señala, nadie explica. Se perdió antes de que alguien lo dijera en voz alta. Juan piensa que el fuego no discrimina, pero el humano sí: elige qué duele menos perder.
De noche, el incendio ilumina la montaña como si alguien hubiera prendido una ciudad entera al revés. Juan escucha a uno decir que esto es “una tragedia inesperada”. Se rasca la barba. Inesperado sería que no pasara, con el monte cargado como está y la sequía haciendo horas extras desde hace años.
Días después llueve. Siempre llueve cuando ya no queda mucho por discutir. Alguien festeja y dice que “se controló gracias al trabajo de todos”. Juan vuelve a asentir. No discute. Mira el humo salir del suelo mojado y piensa que el fuego no se apagó: se tomó un descanso.
Juan se va sabiendo algo simple, de esas verdades que no entran en un parte oficial:
En El Hoyo y El Bolsón el incendio no es un accidente.
Es una consecuencia bien planificada… por la desidia.