Cuando sos una persona que ha sido paciente y a la vez cuidador, hablar sobre este tema puede resultar un poco más fácil por la amplia perspectiva que tenés. Sin embargo, les aseguro que no es un camino sencillo cuando lo estás transitando.
Lo complejo de atravesar un trastorno de salud mental es que, cuando estás en esa nube gris de emociones (simplificando lo que se siente en un momento así), no sos consciente del impacto que tenés en la gente que te rodea. La negatividad y la tristeza suelen funcionar como un manto sobre los ojos: tu mundo se cierra e ignorás lo que pasa a tu alrededor. Y ojo, es entendible. El desequilibrio químico en el cerebro suele tomar el control del comportamiento y resulta muy complejo pedirles a estas personas que vean más allá de su vivencia. Tampoco sería justo exigirles que repriman lo que sienten para no impactar en otros; pero es justamente ahí donde los cuidadores se vuelven un eje fundamental en esta conversación.
Cuando hablamos de salud mental, no lo hacemos de forma individual. El paciente no es el único afectado: quienes cumplen el rol de cuidador ocupan un lugar clave y también merecen ser vistos. Ya sea un amigo, un hermano, los padres o los hijos, todos ellos suman una actividad extra a sus vidas, de la que terminan siendo partícipes directa o indirectamente. Se hacen cargo de la toma de medicación, de acompañar a las consultas médicas, de supervisar al otro o de, simplemente, estar presentes en los momentos más difíciles.
Pero ¿alguna vez se pusieron a pensar cómo repercute este rol en la vida de esas personas?
En primer lugar, muchas veces aparece el sentimiento de culpa. Esto sucede porque sienten que no hacen lo suficiente para que el otro esté bien, porque se cansan y tienen alguna reacción “negativa”, o porque cuando se toman un tiempo para ellos mismos sienten que están cometiendo un acto egoísta.
Por otro lado, está el Síndrome del Cuidador Quemado (Burnout), que genera un agotamiento físico y psicológico absoluto. En la Escala de Zarit (que se encarga de medir este desgaste), se reporta que más del 70% de los cuidadores experimentan una sobrecarga intensa. También se registran altos niveles de cortisol (la hormona del estrés), lo que puede desencadenar en ellos mismos cuadros de ansiedad o depresión. A esto se le suma un estado constante de hipervigilancia: si la persona a la que cuidan tiene un trastorno grave donde su vida corre peligro, es inevitable que el cuidador esté en alerta regular.
Quiero dejar claro que esto no busca culpabilizar a los pacientes. El lugar que habitan es duro, complejo, y el recorrido para estar mejor lamentablemente es largo. Pero no tenemos que olvidarnos de los cuidadores que, sin pensarlo ni quererlo, ocupan un lugar igual de difícil y muchas veces invisibilizado.
Desde mi perspectiva, cuando ocurren este tipo de situaciones, el cuidado no debería recaer en una sola persona, sino convertirse en un acto colectivo para que la carga mental y física se distribuya y no llegue al punto del desgaste absoluto. Por supuesto, si existe la posibilidad económica, ir al psicólogo es una gran opción para que el cuidador sume herramientas y también se sienta acompañado y escuchado.