Era cercano. De los nuestros. Presente en la trama viva de la música mendocina.
Es orfandad. Lisa y llana.
Se quedaron huérfanos los sueños de la infancia.
Y pivotean, indecisos, tantos deseos de la adolescencia.
No es metáfora.

Es experiencia vivida, desprovista de museo y de endiosamientos.
Porque no se fue el Felipe.
Se fue alguien que estaba en el mapa afectivo real.
Era, de algún modo, el que seguía sosteniendo la casa en pie.
El último adulto en la habitación de esa historia.
Y entonces aparece esa sensación:
no es solo duelo — es desamparo generacional.
Porque si algo tenían Staiti y esa generación, no era solo talento.
Era oficio, persistencia, escena, comunidad.

Qué raro todo.
Algunonunca. Otros se van demasiado pronto.
Y uno queda en el medio,
tratando de entender en qué momento le tocó crecer.
