Cuento: Me tiré por vos

Cuento: Me tiré por vos
Imagen remasterizada con IA - Claudio Bello - Prendete pos

Hay cosas que se hacen por coraje y otras que se hacen porque, simplemente, no queda otra salida que ir para adelante. O para abajo, que en el caso de Charly aquel marzo del 2000, venía a ser lo mismo.

Mendoza tiene ese aire limpio, pero ese viernes el ambiente estaba pesado. Charly estaba en el hotel Aconcagua a dieciocho metros de altura en el noveno piso. Si uno se asoma desde ahí, la gente parece hormigas y la pileta, vista desde el balcón, parece una palangana de juguete, un cuadradito celeste que te desafía a que te equivoques por un centímetro y te conviertas en un mal recuerdo.

Daniel estaba ahí abajo, no era un filósofo, era camarógrafo, que a lo mejor si es una forma de ser un filósofo pero con un lente al hombro. Estaba en lo suyo, cambiando la cinta, ese ritual mecánico de los que laburamos de mirar. Y de golpe, el griterío. Ese sonido que tienen los fans cuando presienten que su ídolo está por hacer una genialidad o un desastre.

—¡Charly! —gritaron, y Daniel, que tiene el oficio metido en las uñas, a estaba ahí abajo con la paciencia del que sabe que “la alegría no es solo brasileña”. Estaba cambiando la cinta, un gesto técnico, casi sagrado, apretó el REC por puro olfato, por ese instinto de quien sabe que está por filmar la historia.

Del otro lado del lente y en ese primer segundo, Charly sentía que el cuerpo todavía le pertenecía. Era el artista dominando la escena. Pero después, la física se puso estricta. La gravedad lo agarró de las patas y lo tiró para abajo como un meteorito de hombros flacos.

Mientras caía, el tiempo se detuvo. En ese aire espeso, Charly no vio la película de su vida, pero tal vez escuchó los ecos de sus propias verdades. “Yo que crecí con los que decían que no iba a llegar a ningún lado”, habrá pensado mientras el viento le azotaba la cara. No había red, no había trucos. Era él contra el planeta. Era la confirmación de que “el ángel de la bicicleta” a veces se cansa de pedalear y decide probar si tiene alas.

El suspenso en la vereda era un nudo en la garganta de todos los presentes. Era ese silencio de cuando la música se corta de golpe y te queda el zumbido en el oído. Por su parte, Daniel no respiraba. Tenía el ojo pegado al visor, capturando ese vuelo suicida, ese momento donde un hombre decide que “es mejor volar a sentirse un idiota”.

El impacto fue un trueno. Un estallido de agua que llegó casi a la vereda y me arriesgo a decir que llegó a salpicar las cámaras y los pecados de los que miraban. Charly entró al agua y el mundo aguantó la respiración. Fueron tres, cuatro segundos de nada. De un azul turbio y burbujeante.

Y entonces, el milagro.

La cabeza de Charly con su caracteristico bigote asomó. No salió con pánico, todo lo contrario, salió con la parsimonia de quien acaba de despertarse de una siesta de domingo. Se acomodó el pelo, nadó un poquito —porque “había un río de gente y yo era un pez”— y caminó hasta la lo pandito. Ahí se quedó, parado, con el agua a la cintura, mirando a los periodistas con esa mezcla de soberbia y fragilidad que solo él maneja.

—¿Vieron? —parecía preguntarles—. No me pasó nada.

Más tarde, cuando la policía lo miraba sin saber si meterlo preso o pedirle un autógrafo, Charly soltó su verdad: que lo perseguían por algo que no hizo, que la gravedad lo chupó, que no vio a Dios.

Al final, nos dejó una lección que estoy seguro Sacheri firmaría sin dudar: y que la vida es eso que pasa entre que saltás y tocás el agua. Que a veces hay que tirarse al vacío para demostrar que todavía estamos vivos, porque, después de todo, “lo que se construye sobre la arena, el viento se lo llevará”.

Él prefirió construir sobre el aire. Y esa tarde, en el hotel Aconcagua, nos demostró que mientras uno tenga una pileta donde aterrizar y alguien que lo filme, “todavía se puede confiar en el azar”.

Epílogo: El ojo que no parpadea

Esa noche, Daniel llegó a su casa con el cuerpo pidiendo silla y la cabeza hecha un avispero. Se sentó en la cocina, con el zumbido de la heladera de fondo, y se quedó mirando el tape. Lo puso en cámara lenta. Cuadro por cuadro.

Ahí estaba Charly, suspendido en el aire de Mendoza, desafiando a la física con la flacura de un quijote de boliche. Daniel pensó en su laburo, en las horas muertas filmando conferencias de prensa aburridas y accidentes de tránsito. Y de golpe, esto. Sintió que ese segundo de cinta valía por toda una carrera. “Buscando un símbolo de paz”, el Flaco se había tirado al vacío, y él había estado ahí para atajarlo con el lente.

—Si se mataba, yo era el que tenía la muerte en la caja —susurró Daniel para nadie, mientras el frío de la duda le recorría la espalda—. Pero no se mató. El tipo voló.

Mientras tanto, en el lobby del hotel, el ambiente era distinto. La Negra, Mercedes Sosa, lo esperaba sentada, con esa autoridad de montaña que tenía, lo miró entrar a Charly todavía con el pelo un poco húmedo y ese olor a cloro que no se le iba con nada. No le gritó. No hacía falta.

—García… —le dijo con esa voz que parecía salir del centro de la tierra—. Vos tenés un ángel que se está ganando el sueldo con horas extras, m’hijo.

Charly se encogió de hombros y le sonrió con su bigote bicolor, con esa mueca de nene que sabe que hizo una macana pero que le salió bien. Se sentó al piano que había cerca y empezó a juguetear con las teclas, bajito, casi un susurro.

—No te preocupes, Negra —le contestó sin mirarla—. “Yo no quiero volverme tan loco”, pero a veces el mundo me empuja. Y si el mundo te empuja, lo mejor es que te encuentre bien peinado y con una pileta abajo.

Y así Mendoza siguió siendo Mendoza, con sus acequias y su calma de siesta. Hoy con el correr de los años y lejos de esos tiempos de rock, algo ha cambiado para siempre. Esa tarde, entre el noveno piso y el agua, Charly nos había recordado que “hubo un tiempo que fue hermoso”, pero que el presente, con sus saltos al vacío y sus milagros de metro y medio, sigue siendo el único lugar donde vale la pena estar.

Ahora pensando y viendolo así, al final, la vida no es más que una serie de jugadas arriesgadas. Algunas terminan en gol y otras en un planchazo contra el agua. Lo importante no es cómo caés, sino que, cuando salgas a la superficie, todavía tengas ganas de cantar.