
Desde hace años, en mi práctica terapéutica, me veo frente a una realidad que se repite con una frecuencia inquietante. Personas jóvenes, cada vez más jóvenes, incluso niños y adolescentes, que viven con un sufrimiento emocional profundo, muchas veces invisible para su entorno. El suicidio aparece entonces no
como un hecho aislado, sino como el desenlace extremo de un proceso largo de soledad no atendida.
Cuando observo estas historias desde la sanación emocional y el análisis del linaje familiar, comprendo que nadie llega a ese punto de manera repentina. Hay trayectorias emocionales que se heredan, se silencian y se repiten.
El dolor que viaja a través de las generaciones
Desde la mirada psicogenealógica, los sistemas familiares cargan memorias no resueltas: violencia infantil, abandono emocional, negligencia afectiva, duelos no elaborados, secretos, silencios prolongados. Estas experiencias no desaparecen; se transmiten de forma inconsciente, muchas veces a través del cuerpo, la conducta o el sufrimiento psíquico de los más jóvenes.
Los niños y adolescentes suelen ocupar el lugar de portadores del dolor del sistema. No porque sean más frágiles, sino porque son más permeables. El síntoma aparece allí donde el sistema no pudo simbolizar lo vivido.
Violencia, abandono y anestesia emocional
En muchos de estos recorridos aparece una infancia sin sostén emocional real. Adultos ausentes, desbordados o emocionalmente inaccesibles. Violencias explícitas o sutiles. Falta de mirada, de escucha, de validación.
Más adelante, en la adolescencia, surge la anestesia emocional omo intento de supervivencia: consumo temprano de sustancias, hiperconexión digital, conductas de riesgo. No se busca el placer, se busca callar la mente, silenciar ideas rumiantes, dejar de sentir.
Este adormecimiento no resuelve el dolor; lo posterga.

La soledad como núcleo del sufrimiento
A lo largo de los años, identifiqué un factor común en todas estas historias: la soledad.
Una soledad que no depende de la cantidad de personas alrededor, sino de la ausencia de un vínculo emocionalmente disponible.
Estas personas están llenas de emociones, pero carecen de herramientas para habitarlas. Le temen a la muerte, pero llega un momento en que el dolor interno se vuelve más fuerte que el miedo. En ese estado, no se piensa en el daño que quedará atrás; se intenta escapar del sufrimiento.
Esto no es falta de amor. Es desbordamiento emocional.

La falla estructural: una infancia sin educación emocional
Como sociedad, seguimos relegando la salud mental. No se enseñan herramientas emocionales desde la primera infancia. No se trabaja la autorregulación emocional. No se estimula una autoestima sana basada en el valor personal si no en el rendimiento.
Luego, cuando aparecen las crisis, llegamos tarde.
Desde la sanación emocional sabemos que la prevención no comienza en la urgencia, sino en el vínculo temprano, en la presencia adulta, en el permiso para sentir y nombrar lo que duele.
Sistemas saturados, humanidad debilitada
Vivimos rodeados de información, pero pobres en contacto humano genuino. Niños y adolescentes expuestos a mensajes violentos, comparaciones constantes y contenidos tóxicos, sin adultos que traduzcan, regulen y acompañen.
Cuando el sistema nervioso infantil se ve sobrepasado y no hay contención, el colapso emocional es una
posibilidad real y futura.
Sanar no es individual: es vincular
Desde el trabajo con linajes familiares, queda claro que nadie sana solo. El abordaje del sufrimiento psíquico profundo requiere mirar la historia personal, pero también la historia heredada.
Sanar implica:
● nombrar lo que antes fue silencio
● devolver responsabilidades a los adultos
● cortar mandatos de sufrimiento
● construir nuevas formas de vínculo
Hablar del suicidio con responsabilidad no lo provoca: lo previene.
Una reflexión final
Esta es la verdadera pandemia silenciosa.
No se anuncia, no se ve, pero atraviesa hogares enteros.
Mientras sigamos evitando el tema, seguiremos perdiendo vidas que nunca quisieron morir, solo dejar de sufrir.
La sanación emocional comienza cuando nos animamos a mirar de frente, a escuchar sin juzgar y a hacernos cargo, como sociedad, de la salud psíquica de nuestras infancias y adolescencias.
Porque cuando un niño o un joven cae, el sistema entero necesita ser revisado. Porque es ese niño/ adulto quien toma las decisiones drásticas.

Un cierre necesario: prevenir es volver al vínculo
Hablar del suicidio desde una mirada terapéutica no es invitar al abismo, sino iluminar caminos de salida. La prevención no empieza cuando el dolor ya es insoportable; empieza mucho antes, en la calidad de los vínculos, en la presencia emocional y en la posibilidad de pedir ayuda sin vergüenza.
Desde la sanación emocional y el trabajo con linajes familiares sabemos algo fundamental: el dolor que se nombra, se transforma. Cuando una historia deja de ser silencio, deja de repetirse del mismo modo. Cuando un niño es escuchado, regulado y validado, aprende que sus emociones no son peligrosas. Cuando un adolescente encuentra un adulto disponible, el peso se vuelve compartido. Y cuando un adulto es comprendido y emocionalmente, sostenido, el flagelo deja de atravesarlo.
Prevenir es enseñar a sentir sin miedo.
Es ofrecer palabras donde antes hubo anestesia.
Es construir autoestima desde el ser y no desde el rendimiento.
También es animarnos, como adultos y como sociedad, a revisar nuestros propios modos de vincularnos, nuestras exigencias heredadas y nuestros silencios.
Nadie se salva solo. La sanación es siempre vincular.
Y cuando un sistema familiar se atreve a mirar su historia con honestidad y compasión, abre la posibilidad de que las nuevas generaciones no tengan que cargar con el dolor de las anteriores.
Hablar, acompañar, regular y cuidar no garantiza que nada duela, pero sí reduce el riesgo de que alguien sienta que la única salida es desaparecer.
La esperanza no está en negar el sufrimiento, sino en crear contextos donde el sufrimiento pueda ser sostenido.
Ese es el verdadero acto preventivo.
Y también, el más humano.
Hablar salva. Acompañar previene.
El dolor que se nombra deja de aislar; el vínculo sostenido abre salida.
Cuando una familia mira su historia con honestidad y un adulto está disponible, la soledad pierde fuerza.
La esperanza no es negar el sufrimiento, sino crear contextos donde nadie tenga que atravesarlo solo.