Comer con los ojos, sentir con el cuerpo

Comer con los ojos, sentir con el cuerpo.

Comer con los ojos, sentir con el cuerpo

Alimentación, emoción y neurociencia en la infancia


Cuando mis hijos eran pequeños, solía cocinar guiándome por los colores.
No lo hacía desde una lógica dietética ni desde la preocupación por cumplir normas
nutricionales estrictas. Lo hacía desde algo mucho más simple y, con el tiempo, entendí que
también mucho más profundo: el juego, la curiosidad y la intuición.
Había platos verdes, naranjas, rojos, amarillos. A veces armábamos “platos arcoíris”; otras,
elegíamos un color del día. Comer no era una obligación ni una lucha de poder: era un
momento compartido, previsible y amable. La comida no generaba ansiedad; despertaba
interés.
Hoy, desde la psicología y la neurociencia, puedo poner en palabras algo que entonces
hacía sin teorizarlo: no solo estaba ofreciendo vitaminas y nutrientes, estaba regulando el
sistema nervioso de mis hijos.
El cerebro también come
El cerebro no recibe la comida únicamente como combustible biológico. La recibe como
experiencia sensorial, emocional y relacional.
Antes de que un alimento sea ingerido, ya fue mirado, olido, anticipado. Esa anticipación
puede activar curiosidad y calma, o bien alerta y rechazo. El sistema nervioso decide mucho
antes de que intervenga la voluntad.
Desde la neurociencia sabemos que los estímulos visuales —especialmente el color—
tienen un impacto directo en el estado emocional:
● el verde se asocia a calma y equilibrio
● el naranja invita al disfrute y a la exploración
● el amarillo aporta liviandad y claridad
● el rojo estimula la energía vital
Un plato colorido no solo es atractivo: le comunica al cerebro infantil un mensaje implícito de
seguridad. Y cuando el cerebro percibe seguridad, la digestión y el aprendizaje se habilitan.
Alimentarse es sentirse a salvo
Uno de los errores más frecuentes en la alimentación infantil es pensarla exclusivamente en
términos de “comer bien” o “comer mal”. Sin embargo, los niños no solo comen alimentos:
comen climas emocionales

Un niño que se sienta a la mesa en un ambiente tenso, apurado o cargado de exigencia
puede rechazar incluso alimentos saludables. No por capricho, sino porque su sistema
nervioso está en estado de alerta.
La neurociencia es clara en este punto:
● el estrés inhibe la digestión
● la ansiedad interfiere con la percepción de hambre y saciedad
● la calma activa el sistema parasimpático, indispensable para nutrirse
Por eso, más importante que el contenido del plato es el contexto en el que ese plato es
ofrecido.
Comer en un espacio tranquilo, sin presión ni amenazas, crea una memoria corporal de
seguridad. Esa memoria no se borra: acompaña a la persona a lo largo de la vida y moldea
su relación futura con la comida y con su propio cuerpo.
El sabor como lenguaje emocional
Cada sabor responde a una necesidad emocional básica:
● lo dulce se asocia a calma y contención
● lo salado a sostén y pertenencia
● lo ácido a activación y salida del estancamiento
● lo amargo a límite y diferenciación
Cuando un niño busca insistentemente lo dulce, muchas veces no está pidiendo azúcar,
sino afecto o regulación. Cuando rechaza sabores nuevos, no necesariamente está siendo
oposicionista: está intentando conservar control frente a lo desconocido.
Forzar la ingesta no educa; genera desconfianza corporal. Acompañar, en cambio, enseña
al niño a escuchar su propio registro interno.
La mesa como primer espacio emocional
La mesa familiar es uno de los primeros lugares donde se aprende a habitar el cuerpo en
presencia de otros. Allí se ensayan, sin darnos cuenta, habilidades fundamentales:
● respetar los propios tiempos
● reconocer señales de hambre y saciedad
● tolerar la diferencia
● asociar placer con cuidado, no con culpa
Cuando comer se vuelve un ritual cotidiano y seguro, se construye algo que va más allá de
la nutrición: se construye regulación emocional.
Ese aprendizaje temprano funciona como prevención. Muchos conflictos alimentarios de la
adultez no tienen su raíz en los alimentos, sino en la ausencia de calma, permiso y presencia durante la infancia.

Comer con los ojos, sentir con el cuerpo
Nunca se trató de hacerlo perfecto. Ni entonces, ni ahora.
Se trata de intención, de disponibilidad emocional, de coherencia. De ofrecer comida, pero
también tiempo, mirada y clima.
Hoy, acompañando a personas adultas con ansiedad, sobrepeso o conflicto con la
alimentación, veo con claridad cuánto de su dificultad actual se ancla en experiencias
tempranas donde comer estuvo asociado al control, al apuro o al miedo.
Y comprendo que aquel gesto simple —jugar con colores, cocinar sin tensión— no fue un
detalle. Fue una forma temprana de transmitir algo esencial:
alimentarse puede ser un acto de cuidado y de amor,
no un campo de control.
Una invitación para quienes acompañan infancias
Si tuviera que dejar una idea, no sería una norma ni una indicación cerrada. Sería una
invitación:
● sumar color sin imponer
● crear un espacio emocionalmente seguro
● respetar los ritmos
● recordar que el cuerpo aprende desde la emoción
Porque cuando un niño come en paz, no solo se nutre: se organiza por dentro.
Y ese orden interno es uno de los regalos más profundos que podemos ofrecer.