En el escenario del Teatro Sportman, la obra “30 días”, escrita por Pepe Cibrián Campoy y dirigida por Willy Olarte, propone una pregunta tan simple como demoledora: ¿qué harías con 2.592.000 segundos si supieras que son los últimos?
La obra abre con un monólogo que impacta como un golpe directo al plexo:
“Si cada cosa de esta vida que hace tanto me acompaña no tiene para mí ningún sentido… ¿para qué vivo?”

Desde ese punto de partida se encuentran dos amigos, atravesados por complejos, traumas y una profunda sensación de soledad.
Ella siente que ya no quiere seguir viviendo. Él acaba de recibir una noticia médica. Ambos tienen una cuenta regresiva.



La decisión que toman es simple y enorme al mismo tiempo: atravesar ese tiempo juntos. Jugar, reír, volver a mirarse como cuando eran chicos. Ser cómplices. Existir para alguien, aunque sea durante un mes.
La puesta en escena apuesta por la síntesis y acierta. Con mínimos elementos de escenografía, el elenco resuelve con inteligencia los distintos espacios de la acción. La iluminación, impecable, construye climas precisos y acompaña el pulso emocional de cada escena.
El trabajo de Diego Flores —en su participación especial— aporta presencia escénica irreemplazable, mientras que Julieta Dora y Santi Caranza sostienen con sensibilidad la trama, transitando con naturalidad los cambios de tono que propone la obra.

La puesta encuentra además un aliado perfecto en la música de Fito Páez: canciones exquisitamente elegidas que no solo acompañan, sino que subrayan emociones y amplían el sentido de las escenas, dialogando con el texto de manera sutil y profundamente efectiva.
La función tuvo además un momento especial: la presencia del propio autor. Al finalizar, Pepe Cibrián Campoy subió a saludar al elenco y dejó una frase que resumió la noche:
“Ha sido como ver mi obra en Londres. Los elencos de Buenos Aires la han representado, sí. Pero es la primera vez que veo una obra mía representada —y tan bien— en otro lugar.”
“30 días” recuerda algo incómodo y luminoso a la vez: que el tiempo siempre es finito. Y que, a veces, lo único que necesitamos para seguir viviendo es existir para alguien más, aunque sea por 2.592.000 segundos.
